Este día tiene ni más ni menos que mil setecientos años de antigüedad y además cuenta con dos protagonistas principales: el poderoso emperador romano Claudio III y un sacerdote cristiano llamado, por supuesto, Valentín.
Cuenta la leyenda que al emperador un buen día le dio un aire y ordenó prohibir el matrimonio a sus soldados, amenazando incluso con castigar con la muerte a quienes le desafiaran y desposaran a una mujer. Su argumento irrebatible: el casamiento debilitaba a los hombres para la guerra.
Un sacerdote de nombre Valentín no quiso seguir las órdenes de tan poderoso emperador romano y organizó casamientos clandestinos en lo alto de una colina cercana a la ciudad. Así, el Padre Valentín ganó popularidad entre el pueblo llano que quería casarse y nada más que casarse.
Al morir el Padre Valentín, su nombre era ya toda una leyenda en Roma. Y pronto fue santificado. Y así llegó a ser el tan honrado y amoroso San Valentín. Con el paso del tiempo, de los siglos, San Valentín -a quien el santoral ha asignado el día 14 de febrero- acabó siendo “el santo del amor”, destinatario de pedidos y agradecimientos en todo el mundo.
Pero fue en el año 1848 cuando una señorita con muchas luces y grandes dotes de empresaria, Esther Howland, decidió que este santo debería llevar incorporado su propio símbolo: de esta forma empezó a fabricar corazones de cartón. Pronto, las cajas de bombones en forma de corazón que ella fabricaba se convirtieron en el regalo oficial de San Valentín.
CONSECUENCIAS DEL DÍA DE SAN VALENTÍN
En todos los rincones del mundo, el Día de San Valentín equivale a grandes cantidades de dinero para las tiendas, sobre todo para las bombonerías, floristerías y joyerías. Y así, al llegar ese día, todo el mundo se debe demostrar materialmente su profundo enamoramiento.
Este boom ha llegado, por supuesto, a Internet, donde puedes adquirir chocolates de lujo, rosas sin espinas, costosos diamantes y paquetes turísticos a las Cataratas del Niágara con la participación en un casamiento masivo incluido.
Vamos, que si Valentín estuviera ahora en la colina celebrando bodorrios, tendría que llevar en su abrigo todo un muestrario de relojes de oro, ramos de flores, anillos del “hoy te quiero más que ayer pero menos que mañana” y un sinfín de productos con los que forrarse y dejar de casar y recasar y dedicarse a viajar alrededor del mundo.
Y es que es una pena que cada año el 14 de febrero sea el día en que hay que quererse a la fuerza.

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